Friday, February 3, 2017

Luc Templo

Luc Templo no era un hombre. Nos tomó mucho tiempo descubrirlo. Ylen siempre sabía decir que ella fue quien lo conoció primero y lo trajo al grupo. Luc Templo no hablaba, no se movía, pero todos sabíamos cuando era su turno de hablar y nos callábamos, todos sabíamos cuando era su turno de moverse y nos quitábamos. La vez que fuimos a visitar a Alejandro en su cabaña de Massachusetts le dejamos el asiento de adelante del van, le dejamos el sofá más cómodo de la sala, le servimos whiskey con hielo fresco cada vez que se derretía y se aguaba el anterior.

Ylen nos jura que lo conoció en un restaurante, que lo vio beber y comer y que se enamoró de el porque le leyó unos poemas que la dejaron con lágrimas en los pies. El restaurante estaba en Nueva Orleans y según ella comieron un estufado de cangrejo de rio, luego bebieron absenta en un bar pegado a una iglesia donde Luc Templo dormía gracias a la bondad de un cura español que también bebía absenta. Como Ylen era la única que lo había oído hablar, nos contaba sobre él, a veces hablaba de él en su presencia, como si no estuviese ahí. Luc Templo se había acostado con el cura y había estado enamorado mil veces en su natal India, de donde tuvo que huir por haber incendiado un templo donde se realizaban ceremonias que involucraban a menores de edad castrados.

Ylen no es la única razón por la que sabemos que Luc estuvo entre nosotros durante un año y medio. A pesar de que no lo veíamos, no lo escuchamos nunca, no se comió nada de lo que le dimos ni se acostó nunca en los colchones ni los sofás que le preparamos en nuestras casas, sabíamos que Luc Templo estaba ahí, y solo lo supimos con total certeza al final. Estábamos haciendo un reportaje en un pueblo de Virginia. Estábamos Jola, John, Dieber, Christy y yo, más Luc. Ylen no estaba con nosotros, tampoco Alejandro estaba, ni sus hermanas. Después de haber andado todo el día las calles, trabajando, haciendo entrevistas y tomado fotos, regresamos al motel, descansamos un rato y salimos todos a comprar cigarrillos y licor para consumir antes de dormir, debo decir todos porque Luc vino con nosotros. En la pequeña tienda, que recuerdo tenía aspecto a gasolinera, no estaban más que el empleado y un joven sucio vestido con sudadera, despeinado y abúlico. Cuando entramos, el joven se quedó mirándonos, supimos que miraba a Luc Templo, nombre que por primera vez se materializó ante nosotros.

Entre Jola y yo se hizo una sombra sin ojos ni boca, tenía la forma de una palabra ininteligible, miró y habló al joven abúlico en algún idioma, dijo algo así como ‘gordtuferak’ o ‘lordutferal’, y se esfumó por la puerta, el joven salió corriendo detrás de Luc Templo y nosotros detrás del joven. Los perdimos de vista en un bosque que colindaba con el pueblo.

La más afectada fue Ylen, quien además de haberlo encontrado lo había nombrado Luc, John, al enterarse de su historia de destructor de templos le había agregado el Templo. La semana siguiente regresamos a Virginia con Ylen, fuimos a la misma no gasolinera, nos quedamos en el mismo hotel, buscamos por todo el bosque, pero Luc Templo no apareció, tampoco apareció el muchacho de la sudadera.

Hablamos con el empleado de la tienda para que nos dejara revisar las cintas de seguridad, pero ya habían sido reemplazadas. Al mes siguiente regresamos. John compró un arma y con ella amenazó al empleado de la tienda para que confesara quien era el muchacho aquel. El empleado lloró y prometió no saber nada.

Ylen se deprimió profundamente. A los pocos meses John anunció que se dedicaría a buscar a Luc Templo el resto de su vida, que dejaría nuestra editorial. Sin John ya no habría editorial pues el dinero era de él, y nosotros, sus amigos, nos dedicábamos al arte. Yo pensé en seguirlo en su búsqueda, Ylen lo siguió, al igual que las hermanas de Alejandro.

Pensé varios días en unirme a la búsqueda pero supe que sería en vano, no se puede perseguir a un dios. Alejandro asegura que Luc no es un dios, pero yo sé que lo es.

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