Tuesday, October 19, 2010

¡Plaf! - Parte II - Pon un pie en el cielo


Sí, era su pierna suspendida en aquella nube por donde yo erraba sentado sobre mis pies. No pude evitar agarrarla y beber parte de su sangre: ¡efectivamente! Era sangre del tiburón que pudo algún día haber sido presa de tan peligrosa mujer. ¿Quien la habrá capturado y mutilado?

Abatí mis alas hasta el rascacielos más cercano, decadentes ruinas de los antiguos pobladores, me senté en una ventana, engrasada y resbaladiza, saqué mis anteojos y comencé a buscar su cuerpo por los alrededores. La grasa tumbó mis alas.

Apenas puedo moverme, si me caigo, la nube más cercana me diluirá en su sudor, la gente sin alas no eran bien vistas, ahora son asesinadas. Creo que aquí acaba mi personaje en esta historia, no pude encontrar el resto del cuerpo de mi amada.

¡Miento!: veré a una mujer en una ventana a diez leguas de aquí, estará sirviéndole el té al hombre del sillón. ¡Me percataré que estoy en el barrio de los desalados! Solo necesitaré un ascensor y estaré descendido. Mejor me lanzaré, Ulises, el jadeante, me rescatará, pobre, le falta su sombra, la que pario a la hija de la nada para luego lo dejarlo lleno de sol y tiempo.

Diez años pasarán y me sentaré a tomar té con la pierna. En ese instante Diana tocara mi puerta, me besara y me agradecerá por haber cuidado de su pierna, me contará que la perdió en una rifa de alas. La pierna le golpeará en la frente y se quedará conmigo para siempre.

La pierna cuando salta llega más alto que cualquier ala, y es mía.
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Sunday, October 17, 2010

¡Plaf! - Parte I - Inmersión


Crucé la noche con tres mujeres desnudas. La primera vestía con su dedo índice la parte de su cuerpo a donde yo mirase, la segunda sonreía echada sobre la cama, la tercera y yo circulábamos dentro de una toalla estrecha. Jugábamos en una casa huérfana. Al salón no se le veía el techo, era un pozo al revés, enterrado en el cielo en lugar de en la tierra. Todas las sillas y mesas estaban de cabeza, todas las habitaciones y baños llenos de cajas y espejos vacios.

Huíamos de una bestia compuesta de millones de partes, partes vivas, partes muertas. Nos fuimos quedando sin aire ni agua. Buscando el miedo decidimos salir de la casa a provocar a la fiera. Reímos y corrimos a su alrededor, se movía lenta, a veces rugía. Su cabeza estaba cubierta de algodón negro, parecía una nube de piedra.

Asaltamos un hotel donde diez senadores vomitaban la cena, los hicimos rehenes y llego la milicia. Nuestra única condición para la devolución de los asambleístas era que se limpiase el lugar. Nadie lo hizo, nos aburrimos, entregamos a los diez y regresamos a la casa abandonada para celebrar como si hubiese ocurrido la limpieza. El monstruo y la milicia se encontraron, felices se envejecieron riñendo, muy animados.

Las tres mujeres y yo nos lavamos con una gota de agua evaporada desde el otro lado del pozo invertido. Corrimos, gritamos, jugamos sin gastar un centavo.

Crucé la noche y todo a su posición original - ¡Plaf! -: la ropa nos salió por los poros, el pozo se arqueó y volvió a enterrarse en la tierra, los senadores engulleron su vomito, la milicia se hizo milicia, esa no puede ser ni hacer más, la bestia se bautizó en el resto.

Crucé la noche algo aturdido.
Crucé la noche por el otro lado de la vida.
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